Archive for junio 2011

Martín y los cantos gatunos
17 junio, 2011

In Memoriam Carlos Monsivais

 

Martín escucha los maullidos de los gatos callejeros. Lo espantan. Tiene que poner música para sentirse más tranquilo. Abre el reproductor. Busca una buena canción… una buena canción… una buena canción. No la encuentra. Todas lo hacen ponerse triste. Los gatos continúan con su concierto.

Pasa por la letra A… Adriana Varela. Con un tanguito se sentiría mejor… Los Mareados. Lo entristece aún más. Letra B… B.B. King. All over again. Qué guitarra. Mejor la quita. Letra C… Catherine Sauvage. Les amoureux du Havre. Les amoureux du Havre. N’ont pas besoin d’la mer. Et les bateaux se navrent. D’être toujours seuls sur la mer…

La canción perfecta. Puisque la terre est ronde. No le importa escuchar esta canción. Inunda su cabeza. Inunda sus oídos. La letra se abre paso entre todo su ser. Los gatos ya casi no se escuchan. Los gatos podrán seguir allá afuera. Los gatos no importan tanto ahora.

Martín se ve cerca de El Havre. La imagen es borrosa porque no la conoce bien. Siente la brisa. Siente el agua del mar en los dedos del pie. Ve los pequeños botes. Ve el agua del Sena. Comienza a sentir esa realidad. Se transporta a la Alta Normandía. Está por llegar. Un maullido salvaje lo regresa. Se asoma a la ventana. Dos gatos se aparean. Regresa a su casa… la música ha terminado.

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Martín el mejor
17 junio, 2011

Martín desearía tener los mejore tenis. La mejor televisión. El mejor perro. Anhela tanto… tanto, tanto ser el mejor en todo. Ser el mejor profesor del magisterio. Ser el mejor vecino de la colonia. Y se esfuerza día a día en lograrlo.

En la colonia, Martín es el encargo de organizar las juntas vecinales. En la escuela, es el profesor encargado de organizar todos los eventos conmemorativos del año. Él trata de participar en todas las actividades que lo formen o que lo hagan ver como el mejor en todo.

Sin embargo, nunca es recompensado por lo hecho. La directora lo considera el hombre más estúpido, inmaduro y manso de la escuela. Le ha dado todas esas oportunidades sólo porque los demás no quieren hacerlas. En su colonia, los vecinos lo odian. Sólo van a las juntas porque Martín regala café y galletas.

Nunca nadie le ha hablado sobre esto. Por lo cual, él continua en ese camino a la perfección. Se esfuerza día con día. Noche con noche. Martín quiere, desea, anhela ser el mejor hombre que jamás haya existido. Y al menos cree que puede llegar a serlo un día no muy lejano.

Las amistades de Martín
17 junio, 2011

Martín es un hombre de pocos amigos. Cuenta con dos: Miguel y Manuel. Los sábados salen a caminar por la ciudad. Primero, llegan a una fondita para comer. Acompañan sus alimentos con una cerveza. Hablan muy poco en ese momento. Solamente se observan y sonríen. Al acabar, encienden un cigarro. Lo fuman despacio. Todavía sin hablar.

Al salir, van por un café. En el pequeño lugar comienzan a hablar sobre sus trabajos. El dentista sobre las muelas. El profesor sobre los alumnos. El estadista sobre los números. Pocas veces comprenden totalmente la información del otro. Simplemente asienten con la cabeza y todo está listo.

Al acabar el café se dirigen a un parque cercano. Se sientan en una banca. Fuman y fuman. Fuman y fuman. Ven a las personas. Charlan sobre sus exnovias. Charlan sobre sus historias pasadas. Ríen un poco. Observan a la gente. La gente los observa y ellos… miran para otro lado.

Cuando el sol está por meterse, se despiden. Taxis a diferentes lugares. Apretón de manos. Manuel se va. Otro taxi. Apretón de mano. Miguel se va. Martin se queda en ese parque. Observa a la gente y decide regresar a pie.

En el camino, piensa en sus amigos. Son buenas personas, según él. Piensa invitarlos a comer el próximo miércoles. Avanza sobre la avenida. Toma el metro. Sería perfecto para Martín romper la rutina de los sábados. Un miércoles sería mejor. Llega a su destino. Camina otro poco para su casa. Al abrir la puerta. Al entrar la llave. La idea de invitar a sus amigos se esfuma. Los verá hasta el próximo sábado. Sí. Hasta el próximo sábado.

Martín y su carro
17 junio, 2011

Al pobre de Martín no le agrada conducir. Tiene un carro viejo, viejo. Lo utiliza para ir a trabajar. Para ir al mercado. Para ir por el pan. Para ir a la tienda.

No le gusta manejar esa chatarra. Cuando va por las calles el asiento le molesta. Le molesta la palanca de velocidades. Le molesta el motor. Odia ese humo que deja atrás. Odia el escape que explota y lo espanta.

No quisiera utilizar más esa máquina vieja. Quisiera tirarla por algún despeñadero. Verla incendiarse. Escupirla. Orinarla. Romper el parabrisas. Despedazar el retrovisor. Mandarla al diablo. Olvidarse de ella por completo.

Algunas veces se siente mal por pensar todo aquello. La ama por un instante, cuando la observa estacionada. Tan solita. Tan feíta. La ama como si fuera un ser de carne y hueso. Tan sólo si tuviera un poco de dinero para arreglarla. Para hacerla más bella… Para cambiarla.

Martín y el amor [por escribir]
17 junio, 2011

Martín busca desesperadamente una pluma entre sus cosas. Desea escribir el cuento sobre una mujer enamorada de un hombre. La dama se llama Paula, el caballero se llama Paulo. La idea la ha tenido durante todo el día, sin embargo, no encuentra su pluma.

Desordena el desorden de su escritorio. Tira papeles. Tira cajetillas de cigarros. Tira la foto de su exnovia. Busca sin cesar el bolígrafo de cinco pesos. Quita revistas. Quita diccionarios. No lo encuentra por ninguna parte.

Piensa que pudo haber olvidado su pluma en la cocina. Cerca de la estufa no está. Sobre la mesa… tampoco. Tal vez pueda estar en la pequeña sala. Primer sillón, no está. Segundo sillón, no está. Tercer sillón… encuentra sólo el tapón.

Triste y desilusionado regresa a su alcoba. Pone en su reproductor All the thing you are interpretada por Dizzy Gillespie. No acaba de escuchar la canción. Apaga la computadora y decide irse a la cama.

Martín en la madrugada
17 junio, 2011

Martín junta toda la ropa que acaba de quitarse. La pone sobre la sillita y se dirige a la cama. Se acuesta y comienza a pensar en todas las cosas que hizo durante el día: Pinté la cerca, bañé al perro, leí el periódico, eran las noticias más tristes… Pasan las horas, una, dos y Martín no puede dormir.

Se levanta por un vaso de agua. Regresa a la cama. Aún no puede dormir.

Se levanta por leche tibia. Regresa a la cama. Aún no puede dormir.

Se levanta al baño. Regresa a la cama. Aún no puede dormir.

Enciende la lámpara y toma el libro del buró. Se entretiene en las historias contadas por aquel argentino. Se siente dentro de cada cuento; él es el personaje principal, ya sea una mujer, un hombre o un animal, ese es él: Martín.

Son las cuatro de la madrugada, todavía no concilia el sueño. Se levanta de la cama. Toma su ropa que está en la sillita y se decide por fin a lavarla.

Martín y el televisor
17 junio, 2011

Martín sale a comprar las verduras para la sopa. Va al mercado más cercano y pide lo que necesita:

Lista de Martín para la sopa

– 1 kilo de papas

– 1 kilo de zanahoria

– 1 kilo de ejotes

– 1 kilo de calabacitas

Regresa a su casa. Pone todo en orden para hacer la sopa con las verduras. Echa agua a la olla y coloca las verduras. Se dirige hacia el televisor, lo enciende y se queda ahí durante horas. El agua de la olla se consume, las verduras quedan solitarias en aquel viejo recipiente, solas, tan solas como Martín frente al televisor.

Martín y la lluvia
17 junio, 2011

Cuando llueve, Martín se pone triste. Se espanta con los rayos. Se espanta con los truenos. Le espantan las gotas de lluvia al escucharlas caer. Le espanta ver el agua correr a lado de la banqueta.

De pequeño, Martín se escondía en el sótano cuando llovía. Algunas veces buscaba a su mamá. Intentaba cantar canciones. Inventaba juegos. Creaba diferentes situaciones para evitar pensar en la lluvia.

Ahora de grande. Martín, desde su escritorio ve las gotas de lluvia. No se mueve de ahí. Se enfrenta a ellas. Enciende un cigarro. Su mano tiembla. Sus piernas tiemblan, pero él sigue ahí. No importa lo que escuche. No importa lo que vea. Está decidió a no temerle más a la lluvia. Siente su pantalón tibio. Siente su pantalón mojado… La lluvia continúa espantándolo.