Archive for julio 2011

Martín y el periódico
8 julio, 2011

Todas las mañanas Martín intenta leer el periódico. Se suscribió a [ilegible] hace un año. Lo hizo por puro placer. Lo hizo por darse el gusto. Lo hizo porque así se siente un poco más comprometido con la situación social de su país.

Son las nueve (aproximadamente) cuando comienza a preparar el café. Cuando unta mermelada a un pan tostado. Esparce un poco de azúcar sobre la mermelada. Acomoda todo de tal forma para que pueda desayunar y leer al mismo tiempo.

Periódico – Café – Pan.

 Es diestro, por eso el pan en ese extremo.

Lee la portada (Número increíble de muertos en el norte del país). – Oh, mi dios – piensa Martín. (Incremento a los productos de la canasta básica). – Oh, mi dios – vuelve a pensar Martín. (Niños calcinados en guardería). – Ah, mi dios – grita Martín. Deja el periódico. Muerde el pan. Toma café. Ve la pared, intenta vislumbrar un “algo” en ella, un “algo” para explicar lo que ha leído.

Por fin se decide a abrir el diario. Una fotografía grotesca se deja ver. Una imagen donde cuerpos cubiertos de sangre con las ropas destrozadas están apilados. Le dicen hola. Le dan los BUENOS DÍAS.

Martín cierra el diario. Martín no puede creer que eso esté ocurriendo en su país. Se siente indignado. Se siente mal. Culpa al presidente. Culpa a los diputados, a los senadores, a los gobernadores, a los drogadictos. Culpa a todos por tan terribles noticias.

Toma su café de un trago. El café ya está tibio. El pan con mermelada se queda ahí, con una mordida, con su mermelada y con su azúcar espolvoreada. Martín se va a la sala. Se recuesta en el sofá. Se queda dormido. Martín sueña, sueña que prepara café, pan tostado con mermelada y que sale por el periódico de deportes al puestecito de la esquina.

 

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La cita de Martín y Antonieta
8 julio, 2011

Antonieta no siempre deseaba salir con Martín. Era su amigo, sí, un simple amigo de la infancia. Lo quería mucho, tenía un “algo” que no le permitía abandonarlo en los momentos más duros. Cuando Martín llamaba a su casa no se negaba, sabía la responsabilidad de ser una buena amiga y aunque se fastidiara de las historias trágicas (exageradas) de Martín, siempre, siempre, siempre, salía con él.

Esa tarde habló para invitarla a tomar un trago en la ciudad. Ella, no tenía muchas cosas por hacer. Deseaba quedarse en casa, leer un libro, preparar una taza de café, fumarse unos cuantos cigarrillos, quedarse en piyama el día entero; sin embargo, un ron, una vuelta por la ciudad, sentir el aire nocturno, sentir la boca adormecida después de un par de tragos, era una buena opción… no tan buena… no tan mala.

Dejó el libro en algún lugar de la casa. Se metió a bañar. Se vistió y arregló. Esperó la llegada de Martín. Martín no llegaba. Era impuntual. No siempre, sólo algunas veces. Pasaron veinte minutos, estaba decidida a tomar nuevamente su pijama y buscar el libro cuando escuchó el claxon del viejo carro de Martín.

Al salir, se percató de la sonrisa, blanca y amplia, de Martín. Al parecer no estaba triste. Al parecer sólo quería salir con ella para ponerse al tanto de sus vidas. Subió al carro. Saludó con un beso en la mejilla a Martín. Cambió la estación al radio. Bajó la ventanilla. Sacó un cigarro de su bolso. Fumó y fumó. Dio hondas fumadas al cigarro mientras veía la ciudad pasar, mientras veía la gran ciudad modelar sus luces, sus puentes, sus anuncios, sus prostitutas, sus bares y sus vagabundos. Martín no hablaba. Antonieta no hablaba. Dejaban consumir su tiempo en aquel trasto viejo y ruidos llamado Carro de Martín.

Llegaron al lugar preferido de ambos. Estacionaron el auto y bajaron tranquilamente. Aún en silencio se introdujeron al viejo bar. Las luces no estaban del todo mal: rojas, azules, verdes, todas tenues. Ocuparon la tercera mesa de la izquierda. La mesera se acercó. Les tomó la orden:

Orden de Antonieta y Martín

– Un ron

– Otro ron

Al poco tiempo la dama de cuerpo exuberante regresó con dos vasos en la mano. Colocó uno frente a Martín, otro frente a Antonieta. Todavía no hablaban. El líquido de los vasos disminuyó poco a poco. Las palabras no salían de las bocas de los dos amigos. Antonieta le regalaba sonrisas a Martín. Martín le regalaba miradas a Antonieta.

– Por qué no hablas Martín – le preguntó Antonieta

– Porque no tengo nada sobre qué hablar – replicó Martín

– Entonces por qué vinimos. Por qué me has invitado a salir – le dijo Antonieta

– Porque te quería ver… sí, sólo por eso.

Al escuchar esta frase, Antonieta se ruborizó. Evitó ver a Martín y dirigió una ojeada a los tres hombres del rincón. Todos estaban totalmente borrachos. Antonieta recordó la última vez que sucumbió a los efectos del alcohol. Había sido en casa de Pedro, El Gallego, con tequila y ron, sólo eso recordó.

Martín no veía más a Antonieta. Ahora, veía un poco a la camarera. Veía sus piernas, veía su rostro, veía sus… Antonieta se enojó, se terminó el vaso de ron de un golpe y llamó a la camarera. Pidió la cuenta. Martín se sobresaltó, pero asintió. La dama de las bebidas llevó un papel. Martín sacó su cartera y le dio algunos billetes.

Salieron del lugar y subieron al carro. Antonieta encendió el radio, abrió la ventanilla y fumó un cigarro. Martín no habló. Antonieta tampoco lo hizo. Al llegar a la casa de Antonieta, ésta le regaló una sonrisa a Martín. Él, le dio un pequeña mueca, sólo pequeña y le dijo – Espero haya sido una bonita noche – a lo cual ella respondió – Sí, lo fue. Gracias por venir a verme, Martín – Le dio nuevamente un beso en la mejilla y bajó del auto.

Caminó hasta la puerta mientras Martín la veía con un poco de melancolía, con una pizca de melancolía. Antonieta entró a su casa. Martín arrancó el auto. A Martín le esperaba un largo camino a casa y a Antonieta una novela de algún autor francés del siglo XVIII.