Archive for agosto 2011

Martín y la fila
20 agosto, 2011

Martín se levanta a las 8:00 am para ir a pagar el teléfono. No se baña. Se viste rápidamente e intenta llegar lo antes posible a las oficinas de la compañía. Desea ser de los primeros (espera ser el primero) para no tener que esperar.

Cuando llega, luego de una hora de recorrido, por desgracia hay más de cien personas esperando. Decide regresar por donde llegó. –Mañana será un mejor día– piensa Martín. Se levantará más temprano y así podrá ser al menos de los primeros veinte (espera ser el primero).

Al día siguiente Martín se levanta a las 6:00 am. Tampoco se baña. Se viste rápidamente y sale, literalmente, corriendo. En las oficinas de la compañía no hay cola. Martín, así como lo quería, es el primero.

Pasan 20 minutos. Pasan 30 minutos. Pasan 45 minutos hasta que una linda chica entra a las oficinas. Le regala una  pequeña sonrisa a Martín. Él la acepta con todo gusto y se la regresa del doble de tamaño. Martín espera.

Pasa una hora. Una hora y no sé ven rastros de los demás. No hay fila. La fila es él. Así que decide entrar y pagar de una vez. Total, durante esa larga hora las puertas de las oficinas nunca estuvieron cerradas.

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Martín y las fotografías
17 agosto, 2011

Martín ve las fotos y piensa en el pasado. Recuerda con una sonrisa los buenos momentos. Rememora con una seriedad solemne los malos. Se acuerda que muchas de esas personas están muertas: su abuela, su madre, su abuelo, su padre, sus tíos y tías y algunos sobrinos.

– El pasado es una sombra bella – se dice Martín. Por eso cada vez que puede ve algunas fotografías. Cuando está de humor prefiere las de vacaciones. Siempre hay sonrisas, no importa si están en el campo o la playa. Cuando está melancólico prefiere las tomadas en casa de sus padres. Hay tranquilidad. Sonrisas forzadas. Gestos comunes. Ojos sin brillo. La realidad misma.

En esta ocasión Martín eligió las fotografías de la navidad de 1998. En las primeras diez fotos los pocos asistentes se ven contentos. Con un vaso de ponche en la mano sonríen a la cámara. Algunos se abrazan. Otros se besan.

En las siguientes diez continúa la sonrisa en el rostro de los familiares de Martín. Ya no hay vasos en mano, pero sí platos en mesa. Pavo, romeritos, bacalao y refrescos están presentes. No hay tantas sonrisas, pero sí bocas repletas de comida. Todavía se percibe la felicidad familiar.

En las diez y seis últimas la cena ha terminado. Vuelven los vasos a las manos y las nalgas cambian de asiento. Todos platican. Hay pláticas por un lado y otro. La felicidad se observa. La verborrea se escucha. El aroma a ponche se huele. Pero la ausencia se siente. Martín la palpa en toda su esencia.

Martín y los gritos
13 agosto, 2011

A Martín no le gusta gritar. La animadversión al grito la adquirió cuando tenía diez o doce años. En esa época su madre recurría al grito para llamarlo, para llamar a sus vecinos, para decir una grosería cuando las cosas no salían bien. Era, de cierta forma, eliminar el estrés por medio del incremento de la voz.

Cuando su familia se reunía, cuando todos estaban sentados en la mesa la vocinglería era tal que Martín se recluía en sus pensamientos. No oigo, no oigo soy de palo, tengo orejas de pescado se decía y repetía.

A la larga Martín no fue de palo, ni tuvo orejas de pescado. Oye perfectamente a la gente. Escucha los problemas de las personas, otra cosa es que no le interesen. Cuando está en casa percibe el griterío de la ciudad. Los niños, las amas de casa, los trabajadores, generan diversos tonos que Martín distingue muy bien. Por eso y más Martín no es sordo.

Lo único grave en la situación de Martín es que está incapacitado para gritar. Él no puede hacerlo por más que quiera. Y algunas veces lo anhela. Ni cuando canta en el baño alza la voz. Ni cuando un carro pasa a toda velocidad y lo empapa con agua sucia alza la voz. Ni siquiera cuando tiene (o tuvo) sexo alzó mucho la voz. Su timidez se lo impide. Su sencillez se lo impide. Pero lo que más se lo impide es el temor de asemejarse a su madre.