Martín y los gritos

A Martín no le gusta gritar. La animadversión al grito la adquirió cuando tenía diez o doce años. En esa época su madre recurría al grito para llamarlo, para llamar a sus vecinos, para decir una grosería cuando las cosas no salían bien. Era, de cierta forma, eliminar el estrés por medio del incremento de la voz.

Cuando su familia se reunía, cuando todos estaban sentados en la mesa la vocinglería era tal que Martín se recluía en sus pensamientos. No oigo, no oigo soy de palo, tengo orejas de pescado se decía y repetía.

A la larga Martín no fue de palo, ni tuvo orejas de pescado. Oye perfectamente a la gente. Escucha los problemas de las personas, otra cosa es que no le interesen. Cuando está en casa percibe el griterío de la ciudad. Los niños, las amas de casa, los trabajadores, generan diversos tonos que Martín distingue muy bien. Por eso y más Martín no es sordo.

Lo único grave en la situación de Martín es que está incapacitado para gritar. Él no puede hacerlo por más que quiera. Y algunas veces lo anhela. Ni cuando canta en el baño alza la voz. Ni cuando un carro pasa a toda velocidad y lo empapa con agua sucia alza la voz. Ni siquiera cuando tiene (o tuvo) sexo alzó mucho la voz. Su timidez se lo impide. Su sencillez se lo impide. Pero lo que más se lo impide es el temor de asemejarse a su madre.

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