Archive for the ‘En privado’ Category

Martín y las fuentes
15 septiembre, 2012

Martín odia las fuentes. Un requisito para visitar un sitio, es que éste carezca de fuentes. A causa de dicho requisito, Martín no sale mucho de viaje.

Cerca de su trabajo hay un parque. En el parque hay una fuente. La fuente, por fortuna, no sirve. De lunes a viernes, Martín come en el parque. Muy cerca de la fuente. Le alegra ver la inutilidad de dicho objeto. Ama el silencio que la fuente produce.

Siempre se pregunta cómo sería la vida si las fuentes fueran así de silenciosas y secas. La vida podría ser mejor. Roma sería mil veces más bonita. Martín podría viajar a Italia y conocer Roma. Así, seguro que la vida sería mucho mejor.

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Martín y los anteojos
13 septiembre, 2012

Las mañanas de Martín son más tristes. Tiene serios problemas con su visión. Ahora, ya no puede leer el periódico con tranquilidad. Las letras bailan, tiemblan, se mueven en el papel y él sin poder atraparlas. Entorna los ojos para intentar aplacarlas, pero le duele la cabeza después de algún tiempo.

Ha pensado seriamente en ir al oftalmólogo. Contarle sobre su dificultad con la lectura. Sin embrago, odia los anteojos. Desde pequeño se le hicieron instrumentos antiestéticos. Instrumentos que sólo delataban las deficiencias de los otros. A los 10 años juró nunca usarlos. A esa misma edad, se prometió cuidar sus delicados ojos.

Martín no se explica el porqué de su debilidad visual. Siempre ha tenido cuidado con sus globos oculares. Les ha dado un trato de rey. Aunque estos dos reyes ahora le están fallando. No sabe qué hacer.

Se dice que lo mejor será ir a ver al oftalmólogo. Comentarle sobre su problema. Ver la posibilidad de utilizar lentes de contacto. Y esconder, como todos, una debilidad imperceptible a primera vista.

Los zapatos de Martín
18 septiembre, 2011

Martín tiene unos lindos zapatos. Son de color negro. Están hechos de la mejor piel o al menos eso le dijeron. Le costaron 350 pesos en un mercado cercano a su casa. Los compró hace dos años, tal vez ahora valgan más.

Martín no los usa todos los días. Para el uso diario tiene otros que nunca le han gustado del todo. En cambio para las ocasiones especiales tiene aquellos negros. Los llama sus panteras o los negros de la suerte.

Tiene miedo que se desgasten y no los pueda usar más. Tiene miedo de no contar con ellos en el futuro. Intenta cuidarlos a toda costa. Por ejemplo, cuando los termina de usar los coloca directo en una caja. La caja la mandó confeccionar con el carpintero. Luego de colocarlos dentro de la caja, envuelve ésta con un lienzo rojo. Después la coloca hasta el fondo de su ropero. Los zapatos saldrán de ahí hasta que Martín lo considere necesario. Cuando necesite suerte.

Algunos tienen patas de conejo. Otros tienen zapatos. Unos guardan la suerte en la bolsa del pantalón y otros la colocan al fondo del ropero. –Al final es sólo suerte a la espera de ser utilizada– se dice Martín. Un pensamiento que le provoca esperanza en el presente pero miedo e incertidumbre para el futuro.

Martín y el deporte
9 septiembre, 2011

Martín buscó por todos lados sus tenis viejos pero no los encontró. Él es un hombre formal. Siempre zapatos y camisa. Odia  todo lo que tenga que ver con lo deportivo. Futbol, tenis, beisbol, basquetbol. Los Juegos Olímpicos, la Copa Mundial de Futbol, la Copa América, Copa Libertadores, Champions League. Ese mundo sudoroso lo aborrece.

Sin embargo, ahora necesita recurrir al deporte. Notó una pequeña panza. Panza de la edad. Panza de sedentario supremo. Quiere salir a correr por las mañanas, por eso busca sus tenis viejos.

Los buscó hasta en el rincón debajo de la cama y no los encontró. Los buscó en el ropero, atrás de la ropa que no usa y no los encontró. En la sala tampoco estaban. En la cocina menos. Hasta echó un ojo a los cables de luz y ni colgados los vio.

Tanta falta le hacen sus tenis. Ya tiene el pants, playera y su reproductor de mp3, mas sin el calzado deportivo no puede salir. Se sienta. Piensa arduamente qué hacer. Así que se quita las pantuflas y se recuesta en la alfombra. La mejor opción son las abdominales:

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete…

Martín hace ejercicio, pero aún odia el deporte.

Quince, dieciséis, diecisiete…

Martín y las fotografías
17 agosto, 2011

Martín ve las fotos y piensa en el pasado. Recuerda con una sonrisa los buenos momentos. Rememora con una seriedad solemne los malos. Se acuerda que muchas de esas personas están muertas: su abuela, su madre, su abuelo, su padre, sus tíos y tías y algunos sobrinos.

– El pasado es una sombra bella – se dice Martín. Por eso cada vez que puede ve algunas fotografías. Cuando está de humor prefiere las de vacaciones. Siempre hay sonrisas, no importa si están en el campo o la playa. Cuando está melancólico prefiere las tomadas en casa de sus padres. Hay tranquilidad. Sonrisas forzadas. Gestos comunes. Ojos sin brillo. La realidad misma.

En esta ocasión Martín eligió las fotografías de la navidad de 1998. En las primeras diez fotos los pocos asistentes se ven contentos. Con un vaso de ponche en la mano sonríen a la cámara. Algunos se abrazan. Otros se besan.

En las siguientes diez continúa la sonrisa en el rostro de los familiares de Martín. Ya no hay vasos en mano, pero sí platos en mesa. Pavo, romeritos, bacalao y refrescos están presentes. No hay tantas sonrisas, pero sí bocas repletas de comida. Todavía se percibe la felicidad familiar.

En las diez y seis últimas la cena ha terminado. Vuelven los vasos a las manos y las nalgas cambian de asiento. Todos platican. Hay pláticas por un lado y otro. La felicidad se observa. La verborrea se escucha. El aroma a ponche se huele. Pero la ausencia se siente. Martín la palpa en toda su esencia.

Martín y los gritos
13 agosto, 2011

A Martín no le gusta gritar. La animadversión al grito la adquirió cuando tenía diez o doce años. En esa época su madre recurría al grito para llamarlo, para llamar a sus vecinos, para decir una grosería cuando las cosas no salían bien. Era, de cierta forma, eliminar el estrés por medio del incremento de la voz.

Cuando su familia se reunía, cuando todos estaban sentados en la mesa la vocinglería era tal que Martín se recluía en sus pensamientos. No oigo, no oigo soy de palo, tengo orejas de pescado se decía y repetía.

A la larga Martín no fue de palo, ni tuvo orejas de pescado. Oye perfectamente a la gente. Escucha los problemas de las personas, otra cosa es que no le interesen. Cuando está en casa percibe el griterío de la ciudad. Los niños, las amas de casa, los trabajadores, generan diversos tonos que Martín distingue muy bien. Por eso y más Martín no es sordo.

Lo único grave en la situación de Martín es que está incapacitado para gritar. Él no puede hacerlo por más que quiera. Y algunas veces lo anhela. Ni cuando canta en el baño alza la voz. Ni cuando un carro pasa a toda velocidad y lo empapa con agua sucia alza la voz. Ni siquiera cuando tiene (o tuvo) sexo alzó mucho la voz. Su timidez se lo impide. Su sencillez se lo impide. Pero lo que más se lo impide es el temor de asemejarse a su madre.

Martín y el periódico
8 julio, 2011

Todas las mañanas Martín intenta leer el periódico. Se suscribió a [ilegible] hace un año. Lo hizo por puro placer. Lo hizo por darse el gusto. Lo hizo porque así se siente un poco más comprometido con la situación social de su país.

Son las nueve (aproximadamente) cuando comienza a preparar el café. Cuando unta mermelada a un pan tostado. Esparce un poco de azúcar sobre la mermelada. Acomoda todo de tal forma para que pueda desayunar y leer al mismo tiempo.

Periódico – Café – Pan.

 Es diestro, por eso el pan en ese extremo.

Lee la portada (Número increíble de muertos en el norte del país). – Oh, mi dios – piensa Martín. (Incremento a los productos de la canasta básica). – Oh, mi dios – vuelve a pensar Martín. (Niños calcinados en guardería). – Ah, mi dios – grita Martín. Deja el periódico. Muerde el pan. Toma café. Ve la pared, intenta vislumbrar un “algo” en ella, un “algo” para explicar lo que ha leído.

Por fin se decide a abrir el diario. Una fotografía grotesca se deja ver. Una imagen donde cuerpos cubiertos de sangre con las ropas destrozadas están apilados. Le dicen hola. Le dan los BUENOS DÍAS.

Martín cierra el diario. Martín no puede creer que eso esté ocurriendo en su país. Se siente indignado. Se siente mal. Culpa al presidente. Culpa a los diputados, a los senadores, a los gobernadores, a los drogadictos. Culpa a todos por tan terribles noticias.

Toma su café de un trago. El café ya está tibio. El pan con mermelada se queda ahí, con una mordida, con su mermelada y con su azúcar espolvoreada. Martín se va a la sala. Se recuesta en el sofá. Se queda dormido. Martín sueña, sueña que prepara café, pan tostado con mermelada y que sale por el periódico de deportes al puestecito de la esquina.

 

Martín y los cantos gatunos
17 junio, 2011

In Memoriam Carlos Monsivais

 

Martín escucha los maullidos de los gatos callejeros. Lo espantan. Tiene que poner música para sentirse más tranquilo. Abre el reproductor. Busca una buena canción… una buena canción… una buena canción. No la encuentra. Todas lo hacen ponerse triste. Los gatos continúan con su concierto.

Pasa por la letra A… Adriana Varela. Con un tanguito se sentiría mejor… Los Mareados. Lo entristece aún más. Letra B… B.B. King. All over again. Qué guitarra. Mejor la quita. Letra C… Catherine Sauvage. Les amoureux du Havre. Les amoureux du Havre. N’ont pas besoin d’la mer. Et les bateaux se navrent. D’être toujours seuls sur la mer…

La canción perfecta. Puisque la terre est ronde. No le importa escuchar esta canción. Inunda su cabeza. Inunda sus oídos. La letra se abre paso entre todo su ser. Los gatos ya casi no se escuchan. Los gatos podrán seguir allá afuera. Los gatos no importan tanto ahora.

Martín se ve cerca de El Havre. La imagen es borrosa porque no la conoce bien. Siente la brisa. Siente el agua del mar en los dedos del pie. Ve los pequeños botes. Ve el agua del Sena. Comienza a sentir esa realidad. Se transporta a la Alta Normandía. Está por llegar. Un maullido salvaje lo regresa. Se asoma a la ventana. Dos gatos se aparean. Regresa a su casa… la música ha terminado.

Martín y el amor [por escribir]
17 junio, 2011

Martín busca desesperadamente una pluma entre sus cosas. Desea escribir el cuento sobre una mujer enamorada de un hombre. La dama se llama Paula, el caballero se llama Paulo. La idea la ha tenido durante todo el día, sin embargo, no encuentra su pluma.

Desordena el desorden de su escritorio. Tira papeles. Tira cajetillas de cigarros. Tira la foto de su exnovia. Busca sin cesar el bolígrafo de cinco pesos. Quita revistas. Quita diccionarios. No lo encuentra por ninguna parte.

Piensa que pudo haber olvidado su pluma en la cocina. Cerca de la estufa no está. Sobre la mesa… tampoco. Tal vez pueda estar en la pequeña sala. Primer sillón, no está. Segundo sillón, no está. Tercer sillón… encuentra sólo el tapón.

Triste y desilusionado regresa a su alcoba. Pone en su reproductor All the thing you are interpretada por Dizzy Gillespie. No acaba de escuchar la canción. Apaga la computadora y decide irse a la cama.

Martín en la madrugada
17 junio, 2011

Martín junta toda la ropa que acaba de quitarse. La pone sobre la sillita y se dirige a la cama. Se acuesta y comienza a pensar en todas las cosas que hizo durante el día: Pinté la cerca, bañé al perro, leí el periódico, eran las noticias más tristes… Pasan las horas, una, dos y Martín no puede dormir.

Se levanta por un vaso de agua. Regresa a la cama. Aún no puede dormir.

Se levanta por leche tibia. Regresa a la cama. Aún no puede dormir.

Se levanta al baño. Regresa a la cama. Aún no puede dormir.

Enciende la lámpara y toma el libro del buró. Se entretiene en las historias contadas por aquel argentino. Se siente dentro de cada cuento; él es el personaje principal, ya sea una mujer, un hombre o un animal, ese es él: Martín.

Son las cuatro de la madrugada, todavía no concilia el sueño. Se levanta de la cama. Toma su ropa que está en la sillita y se decide por fin a lavarla.