Archive for the ‘En público’ Category

Martín y los ovnis
17 septiembre, 2012

A Martín le gusta ver documentales sobre ovnis. Todos los días intenta ver uno. Algunas veces en la tarde, después del trabajo, y otras veces en la noche, antes de dormir.

Pocas veces en el transcurso del día piensa en ovnis. Tal vez ni siquiera cree en ellos. Nunca ha visto nada raro en el cielo. Aviones, helicopteros, pájaros, papalotes, bolsas de basura, pero nunca ovnis.

Le resulta extraño escuchar sobre estos objetos. Le gustan los documentales porque presentan personas que han visto o creen. Esos hombres de fe no le inspiran ningún sentimiento. Ni alegría, ni tristeza. Ni añoranza, ni esperanza. Aunque tal vez sí un poco de paz interior.

La paz de saber que hay personas creyentes. Personas que están pendientes de la posible vida exterior. Personas que se han cansado de la costumbre en el interior.

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Martín y la fila
20 agosto, 2011

Martín se levanta a las 8:00 am para ir a pagar el teléfono. No se baña. Se viste rápidamente e intenta llegar lo antes posible a las oficinas de la compañía. Desea ser de los primeros (espera ser el primero) para no tener que esperar.

Cuando llega, luego de una hora de recorrido, por desgracia hay más de cien personas esperando. Decide regresar por donde llegó. –Mañana será un mejor día– piensa Martín. Se levantará más temprano y así podrá ser al menos de los primeros veinte (espera ser el primero).

Al día siguiente Martín se levanta a las 6:00 am. Tampoco se baña. Se viste rápidamente y sale, literalmente, corriendo. En las oficinas de la compañía no hay cola. Martín, así como lo quería, es el primero.

Pasan 20 minutos. Pasan 30 minutos. Pasan 45 minutos hasta que una linda chica entra a las oficinas. Le regala una  pequeña sonrisa a Martín. Él la acepta con todo gusto y se la regresa del doble de tamaño. Martín espera.

Pasa una hora. Una hora y no sé ven rastros de los demás. No hay fila. La fila es él. Así que decide entrar y pagar de una vez. Total, durante esa larga hora las puertas de las oficinas nunca estuvieron cerradas.

La cita de Martín y Antonieta
8 julio, 2011

Antonieta no siempre deseaba salir con Martín. Era su amigo, sí, un simple amigo de la infancia. Lo quería mucho, tenía un “algo” que no le permitía abandonarlo en los momentos más duros. Cuando Martín llamaba a su casa no se negaba, sabía la responsabilidad de ser una buena amiga y aunque se fastidiara de las historias trágicas (exageradas) de Martín, siempre, siempre, siempre, salía con él.

Esa tarde habló para invitarla a tomar un trago en la ciudad. Ella, no tenía muchas cosas por hacer. Deseaba quedarse en casa, leer un libro, preparar una taza de café, fumarse unos cuantos cigarrillos, quedarse en piyama el día entero; sin embargo, un ron, una vuelta por la ciudad, sentir el aire nocturno, sentir la boca adormecida después de un par de tragos, era una buena opción… no tan buena… no tan mala.

Dejó el libro en algún lugar de la casa. Se metió a bañar. Se vistió y arregló. Esperó la llegada de Martín. Martín no llegaba. Era impuntual. No siempre, sólo algunas veces. Pasaron veinte minutos, estaba decidida a tomar nuevamente su pijama y buscar el libro cuando escuchó el claxon del viejo carro de Martín.

Al salir, se percató de la sonrisa, blanca y amplia, de Martín. Al parecer no estaba triste. Al parecer sólo quería salir con ella para ponerse al tanto de sus vidas. Subió al carro. Saludó con un beso en la mejilla a Martín. Cambió la estación al radio. Bajó la ventanilla. Sacó un cigarro de su bolso. Fumó y fumó. Dio hondas fumadas al cigarro mientras veía la ciudad pasar, mientras veía la gran ciudad modelar sus luces, sus puentes, sus anuncios, sus prostitutas, sus bares y sus vagabundos. Martín no hablaba. Antonieta no hablaba. Dejaban consumir su tiempo en aquel trasto viejo y ruidos llamado Carro de Martín.

Llegaron al lugar preferido de ambos. Estacionaron el auto y bajaron tranquilamente. Aún en silencio se introdujeron al viejo bar. Las luces no estaban del todo mal: rojas, azules, verdes, todas tenues. Ocuparon la tercera mesa de la izquierda. La mesera se acercó. Les tomó la orden:

Orden de Antonieta y Martín

– Un ron

– Otro ron

Al poco tiempo la dama de cuerpo exuberante regresó con dos vasos en la mano. Colocó uno frente a Martín, otro frente a Antonieta. Todavía no hablaban. El líquido de los vasos disminuyó poco a poco. Las palabras no salían de las bocas de los dos amigos. Antonieta le regalaba sonrisas a Martín. Martín le regalaba miradas a Antonieta.

– Por qué no hablas Martín – le preguntó Antonieta

– Porque no tengo nada sobre qué hablar – replicó Martín

– Entonces por qué vinimos. Por qué me has invitado a salir – le dijo Antonieta

– Porque te quería ver… sí, sólo por eso.

Al escuchar esta frase, Antonieta se ruborizó. Evitó ver a Martín y dirigió una ojeada a los tres hombres del rincón. Todos estaban totalmente borrachos. Antonieta recordó la última vez que sucumbió a los efectos del alcohol. Había sido en casa de Pedro, El Gallego, con tequila y ron, sólo eso recordó.

Martín no veía más a Antonieta. Ahora, veía un poco a la camarera. Veía sus piernas, veía su rostro, veía sus… Antonieta se enojó, se terminó el vaso de ron de un golpe y llamó a la camarera. Pidió la cuenta. Martín se sobresaltó, pero asintió. La dama de las bebidas llevó un papel. Martín sacó su cartera y le dio algunos billetes.

Salieron del lugar y subieron al carro. Antonieta encendió el radio, abrió la ventanilla y fumó un cigarro. Martín no habló. Antonieta tampoco lo hizo. Al llegar a la casa de Antonieta, ésta le regaló una sonrisa a Martín. Él, le dio un pequeña mueca, sólo pequeña y le dijo – Espero haya sido una bonita noche – a lo cual ella respondió – Sí, lo fue. Gracias por venir a verme, Martín – Le dio nuevamente un beso en la mejilla y bajó del auto.

Caminó hasta la puerta mientras Martín la veía con un poco de melancolía, con una pizca de melancolía. Antonieta entró a su casa. Martín arrancó el auto. A Martín le esperaba un largo camino a casa y a Antonieta una novela de algún autor francés del siglo XVIII.

Martín el mejor
17 junio, 2011

Martín desearía tener los mejore tenis. La mejor televisión. El mejor perro. Anhela tanto… tanto, tanto ser el mejor en todo. Ser el mejor profesor del magisterio. Ser el mejor vecino de la colonia. Y se esfuerza día a día en lograrlo.

En la colonia, Martín es el encargo de organizar las juntas vecinales. En la escuela, es el profesor encargado de organizar todos los eventos conmemorativos del año. Él trata de participar en todas las actividades que lo formen o que lo hagan ver como el mejor en todo.

Sin embargo, nunca es recompensado por lo hecho. La directora lo considera el hombre más estúpido, inmaduro y manso de la escuela. Le ha dado todas esas oportunidades sólo porque los demás no quieren hacerlas. En su colonia, los vecinos lo odian. Sólo van a las juntas porque Martín regala café y galletas.

Nunca nadie le ha hablado sobre esto. Por lo cual, él continua en ese camino a la perfección. Se esfuerza día con día. Noche con noche. Martín quiere, desea, anhela ser el mejor hombre que jamás haya existido. Y al menos cree que puede llegar a serlo un día no muy lejano.

Las amistades de Martín
17 junio, 2011

Martín es un hombre de pocos amigos. Cuenta con dos: Miguel y Manuel. Los sábados salen a caminar por la ciudad. Primero, llegan a una fondita para comer. Acompañan sus alimentos con una cerveza. Hablan muy poco en ese momento. Solamente se observan y sonríen. Al acabar, encienden un cigarro. Lo fuman despacio. Todavía sin hablar.

Al salir, van por un café. En el pequeño lugar comienzan a hablar sobre sus trabajos. El dentista sobre las muelas. El profesor sobre los alumnos. El estadista sobre los números. Pocas veces comprenden totalmente la información del otro. Simplemente asienten con la cabeza y todo está listo.

Al acabar el café se dirigen a un parque cercano. Se sientan en una banca. Fuman y fuman. Fuman y fuman. Ven a las personas. Charlan sobre sus exnovias. Charlan sobre sus historias pasadas. Ríen un poco. Observan a la gente. La gente los observa y ellos… miran para otro lado.

Cuando el sol está por meterse, se despiden. Taxis a diferentes lugares. Apretón de manos. Manuel se va. Otro taxi. Apretón de mano. Miguel se va. Martin se queda en ese parque. Observa a la gente y decide regresar a pie.

En el camino, piensa en sus amigos. Son buenas personas, según él. Piensa invitarlos a comer el próximo miércoles. Avanza sobre la avenida. Toma el metro. Sería perfecto para Martín romper la rutina de los sábados. Un miércoles sería mejor. Llega a su destino. Camina otro poco para su casa. Al abrir la puerta. Al entrar la llave. La idea de invitar a sus amigos se esfuma. Los verá hasta el próximo sábado. Sí. Hasta el próximo sábado.

Martín y su carro
17 junio, 2011

Al pobre de Martín no le agrada conducir. Tiene un carro viejo, viejo. Lo utiliza para ir a trabajar. Para ir al mercado. Para ir por el pan. Para ir a la tienda.

No le gusta manejar esa chatarra. Cuando va por las calles el asiento le molesta. Le molesta la palanca de velocidades. Le molesta el motor. Odia ese humo que deja atrás. Odia el escape que explota y lo espanta.

No quisiera utilizar más esa máquina vieja. Quisiera tirarla por algún despeñadero. Verla incendiarse. Escupirla. Orinarla. Romper el parabrisas. Despedazar el retrovisor. Mandarla al diablo. Olvidarse de ella por completo.

Algunas veces se siente mal por pensar todo aquello. La ama por un instante, cuando la observa estacionada. Tan solita. Tan feíta. La ama como si fuera un ser de carne y hueso. Tan sólo si tuviera un poco de dinero para arreglarla. Para hacerla más bella… Para cambiarla.